Es descorazonador -y a la vez apasionante- que la estadística no le dé a uno la razón cuando se está tan convencido de algo. Pero, qué se le va a hacer, si estamos investigando es para eso: para ver si nuestro convencimiento es sólo nuestro, o si la realidad también participa de él.
En fin, miraba a mis resultados pensando qué hacer con ellos, tratando de superar la decepción y no sabiendo bien por dónde tirar... Resolví que peor sería si no existiera correlación significativa ni a favor ni en contra de la hipótesis. Bueno, en Suecia sí ocurría esto más o menos, pero en los demás países las cifras al menos hablaban alto. Sólo había, pues, que escucharlas.
¿Y qué decían las cifras?
Veamos, tampoco se podía decir que la investigación hubiese sido un rotundo fracaso. Sólo en el caso de los ingleses las relaciones entre religiosidad y compromiso político se comportaban claramente de forma contraria a lo previsto. Los suecos, ni quitan ni ponen; los alemanes, con algunos indicadores sí y con otros no, más o menos corroboran y desmienten al 50%; franceses y españoles sí corroboraban la hipótesis aunque no muy fuertemente, y Grecia la corroboraba, y además con rotundidad. ¿Qué estaba pasando?
Parecía establecerse una escala que va desde la iglesia ortodoxa, pasando por la católica y las protestantes, hasta la iglesia anglicana, en que el comportamiento político de las personas más religiosas vira desde el extremo del nulo compromiso político, hasta el extremo opuesto de resultar ser los más activos. Sucede además que la iglesia ortodoxa griega es la versión más antigua, la forma más arcaica de cristianismo, de entre las estudiadas. Después se fijó el catolicismo; las reformas protestantes y anglicana son ya surgidas en la modernidad. Empezaba a resultarme bastante claro que la cuestión tiene que ver con la evolución histórica de las iglesias.
Es decir, la hipótesis sí se cumple, pero sólo en las versiones más antiguas del cristianismo, más claramente cuanto más arcaica es la modalidad. Esto parecía probado.
Desgraciadamente, en la otra mitad de la tabla no parecía que la cosa estuviese tan clara. Las reformas de Lutero, Calvino, y la separación del papado de Enrique VIII, ocurrieron más o menos por la misma época. ¿Por qué, entonces, la iglesia anglicana "habla" tan claro mientras que los protestantes por el contrario muestran tanta tibieza? Sobre todo, teniendo en cuenta que la reforma protestante sí tuvo una fuerte componente de revisión ideológica frente al catolicismo de la época, mientras que la iglesia anglicana surgió de una manera mucho más caprichosa, de un
lío de faldas por así decirlo, de un tú a tú entre el papa y el rey; por lo demás, la iglesia anglicana tiene muchas similitudes con el catolicismo, podría decirse que aparte del no reconocimiento del papa, en todo lo demás son muy parecidas, al menos en el siglo dieciséis.
Aquí no quedaba más remedio que leer, empaparse de la historia religiosa de estos países, y al cabo, volver a exprimir mi imaginación sociológica en busca de una reformulación plausible de la teoría. Y así lo hice. Antes de ponerme a escribir las conclusiones, elaboré la parte del informe donde se explica el contexto histórico y cultural de cada uno de los seis países, centrándome en los avatares de la religión y en los cambios político-sociales que más directamente llevan hasta la situación actual.
En efecto, todo ello sirvió para que al final algo en mi cabeza exclamase "eureka". Por fin, esa reformulación de la teoría inicial (siempre en espera de posteriores comprobaciones empíricas, naturalmente) de momento queda de la siguiente manera:
La teoría que habíamos enunciado decía que la religión no adopta una mitología cualquiera, sino aquella que constituye un buen disfraz poético, metafórico, de un problema social de envergadura. Esto es una especie de solución de compromiso entre el querer y no querer verlo, una forma de reconocimiento del problema y su centralidad en nuestras vidas, a la vez que una forma de disfrazarlo, de expulsarlo, por declararnos impotentes para resolverlo. La mitificación y la adoración de los mitos opera socialmente como los traumas en la psicología individual: un hecho trágico al que no queremos hacer frente, y que a la vez aflora en casi cada uno de nuestros actos (más cuanto más nos acercamos al problema) de forma disfrazada.
Sin embargo, esto sólo es la mitad del asunto. Hay un problema, y a los problemas hay que buscarles soluciones. Por otro lado, las religiones no sólo tienen mitos, rezos y rituales. Nos estábamos olvidando de que las religiones también tienen preceptos morales y de comportamiento, que seguramente están proponiendo posibles soluciones al problema. Entonces, y como continuación o complemento de la formulación anterior de nuestra teoría, habría de añadir que, del mismo modo que la parte mítica y ritual es la parte de la religión que está poniendo el acento en el problema, la parte del código de conducta está más bien poniendo el acento en la búsqueda de posibles soluciones.
En el caso del cristianismo, el problema es cómo organizar las relaciones de poder (quién ha de mandar) entre personas libres e iguales (lo cual es en sí mismo paradójico) y su mito mayor lo refleja a través de un hombre al que mata el pueblo por ser el mejor de entre ellos. Y para paliar este problema social, el código de comportamiento propuesto es la fraternidad, el amor al semejante, el pasar por alto sus faltas, la ayuda al necesitado. La sociedad funcionaría mejor si la gente se comportase de este modo.
Parece, entonces, que ocurre una secuencia lógica en la evolución de una religión: las formas más arcaicas descubren, reconocen el problema, un grave problema cuasi-irresoluble, el cual fijan, mitifican, disfrazan, y al que ruegan, adoran, rezan (sin saberlo), por reconocerse prácticamente incapaces de hacer algo (terrenal) por solucionarlo. Pero a la vez, la sociedad intenta resolver sus problemas, y del seno de la misma religión surge un código de comportamiento, unos preceptos (difíciles de cumplir, tanto como el problema es difícil de resolver) que van encaminados a que el problema social se mitigue en lo posible.
A medida que pasan los siglos y cambian las formas de vida, hay revoluciones y cambios, la vieja religión se revisa. Cada versión revisada va poniendo más el acento en el código-solución que en el mito-problema. Así, el problema va quedando atrás porque la sociedad ha ido aprendiendo a solucionarlo, hasta que un día se habrá resuelto del todo, o al menos habrá quedado en segundo plano porque otro más acuciante, más preocupante o le habrá tomado la delantera, y vuelta a empezar: nuevos mitos, nuevos rezos, nuevos códigos...
PD. Por último, intentando dar respuesta a la pregunta que había quedado abierta sobre la iglesia anglicana... De momento, mi "imaginación sociológica" me trae la sospecha de que, precisamente por haber nacido de una forma tan caprichosa, la iglesia anglicana se han pasado la existencia preguntándose por su propia finalidad. Es, por así decirlo, la rama del cristianismo que, por tener más dudas sobre sí misma que ninguna, ha reflexionado más sobre su propia razón de existir. Una de las últimas encíclicas importantes (digamos, esenciales de la propia razón de ser de la iglesia), data de 1879, en medio de la primera gran crisis capitalista, recién nacidas las
Trade Unions. Y en ese escenario dickensiano, la iglesia anglicana resuelve que su papel no puede ser otro que estar al lado de los pobres, y apoyar la justicia redistributiva que intentan instaurar los sindicatos.