
Bajo a la calle un momento. Mientras fumo un cigarrillo, me distraigo observando los gorriones y, siguiéndolos con la mirada, los pajarillos me llevan de repente junto a unas diminutas margaritas que crecen entre el césped.
Contemplando el jardín me dejo llevar por mis recuerdos. Como la magdalena de Proust, esas margaritas me traen momentos de mi infancia, cuando salíamos al campo y mi madre me acompañaba a coger flores silvestres. Me pregunto cuánto disfrutaría ella viendo los ojitos curiosos de la nena descubriendo las margaritas. Unas iguales a éstas, entonces debían de parecerme crisantemos.
Mi madre ya no está y mi infancia terminó. Ser, no ser… Yo que Hamlet, se lo preguntaría a una margarita. ¿Quién es ésta que ahora trabaja, fuma, recuerda y escribe? ¿Quién es, si no la continuidad de aquella niña, que a su vez fue el resultado exitoso del instinto de conservación de aquella buena madre? Para que su éxito siga, tengo yo que seguir. Esa es la razón, simple en el fondo, de por qué vivimos.
No, no acertaba Cioran cuando dijo aquello de “si supiese por qué no me he suicidado todavía, ya me habría suicidado”. No, la vida no es sólo búsqueda, como parece deducirse de aquella frase. La vida es continuidad… Así lo exige el instinto de conservación, y no me refiero al de uno mismo, sino al de los padres de uno. Mis padres me amaron lo bastante como para no querer defraudarlos en su afán más animal, más esencial. De modo que ese es el sentido de mi vida: continuarlos. Simple, en el fondo.
Apago mi cigarrillo. Mientras lo hacía he recordado que al fallecer mi madre sólo quise encargarle margaritas. Ni rosas, ni dalias ni crisantemos: sólo un enorme centro de margaritas blancas, grandes, como debían de parecerles éstas a mis ojos de niña.
4 comentarios:
Emocionante evocación de la p(m)aternidad. Es bien cierto que si hay alguien a quién agradecer que uno esté vivo es a ellos.
No conozco esa marca de madalenas, yo desayuno siempre las del horno de abajo de casa, ...
Gracias, guapo.
La margarita es una flor que me transmite sencillez, tranquilidad.
La magdalena de Proust, jaja. Ha quedado ya como sinónimo de desencadenante de recuerdos.
Es un pasaje de la Recherche, en que el protagonista, niño, mientras merienda una magdalena mojándola en su tazón de leche, sufre una especie de despertar de la conciencia. Después, de adulto, cuando hace ese mismo gesto le vuelve a la memoria un déjà vu de su infancia entera, su vida entera.
Me alegro de que sus padres la quisieran lo suficiente como para que no haya querido defraudarles en su afán más esencial; de que siga y nos escriba cosas como ésta, doña provo...
Hola, guapetón.
Te lo agradezco, pero no esperes grandes cosas, una no descubre el sentido de la vida todos los días.
Por otra parte, una no deja de reconocer que este articulín está traído de otro que leí hace tiempo, un articulo de un buen amigo que se titulaba "Gameto con brío", mucho más divertido e inspirado que éste. Si consigo el permiso del autor, un día de éstos colgaré aquí el link.
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