Ya no recuerdo qué fue antes, si las sensaciones tan desagradables que sufrí cuando, recién elegida en mis primeras elecciones sindicales -a las que fui muy jovencita y semiengañada, si no de qué-, nos tocó negociar el algazamiento de un ministerio, para crear uno de los primeros entes públicos de aquella ola que emprendió Felipe González. El ICEX, la Agencia Tributaria, AENA... son de aquella época. En este punto debo aclarar que sacar a un funcionario de su condición de tal, es algo casi tan traumático como para otro cualquiera quedarse en el paro. Fin del paréntesis. Decía que no sé si fue antes lo de aquellas negociaciones, o si fueron antes las clases en la facultad donde descubrí a Durkheim. Creo recordar que por aquellos tiempos también estaba animada por la reciente lectura de "La Imaginación Sociológica", de Charles Wright Mills, libro que me quitó el miedo a hacer experimentos más que osados con la mía.
En todo caso, las tres cosas (las negociaciones, las teorías de Durkheim y mi imaginación sociológica) se vinieron a juntar para que, una primavera de finales de los ochenta, en un viaje nocturno en coche, con la concentración favorecida por la oscuridad y la sola luz de los faros, durante cinco horas desde Madrid a la costa almeriense, me pusiera a pensar más o menos en los siguientes términos:
"Si los tótems de las tribus australianas que estudiaba Durkheim representan a la propia tribu porque ese animal es el que mejor los caracteriza como sociedad aunque sus miembros no lo sepan... entonces... ¿qué está representando metafóricamente el mito de Jesús crucificado, que caracteriza a "nuestra tribu" aunque no lo sepamos?
"¿Por qué nos hemos quedado precisamente con este mito y no con otro? ¿Y por qué lo hemos elevado a la categoría de
mito central, de
dios, entre tantas figuras metafóricas posibles (desde los cuentos de hadas hasta las películas de vaqueros)? Y va para dos mil años...
"A ver, no es lo mismo un mito, que un dios. Un dios es un mito, pero es un mito de rango superior, y que ha pasado a otro nivel en nuestra conciencia. Del mito sabemos que es una metáfora, un cuento; en la existencia del dios creemos. Caperucita Roja (por decir algo) es mito pero no es diosa. Y en cambio Jesucristo crucificado... ¿Qué representa? debe ser algo muy gordo. Tan gordo, que es lo que más identifica a "nuestra tribu".
"¿Y a quiénes me refiero cuando digo "nuestra tribu"?
Buscando respuestas a estas preguntas, empecé a repasar mentalmente cómo comenzó el cristianismo.
"De la parte griega, la filosofía había ido decolorando a los dioses antiguos, y Atenas experimentaba la primera democracia del mundo... Como no podía ser de otra manera: filosofía implica autonomía de pensamiento; y los hombres que piensan de forma autónoma, ya no pueden ser más
súbditos de nadie, tienen que autoorganizarse, ser
ciudadanos. Los antiguos mitos griegos estaban ya muy desvanecidos y la democracia ateniense en pleno apogeo, cuando el consejo de la ciudad ordenó desterrar al más preclaro de los atenienses, aunque él, por no querer tener privilegios sobre cualquier otro ciudadano (por llevar la democracia hasta sus últimas consecuencias), eligió tomarse la cicuta. Platón lo explicaba años después con otro mito importante, el de la caverna: el que salga y vea la luz, más vale que no vuelva para contarlo o los suyos no podrán resistirlo y lo matarán.
"Cinco siglos más tarde, una tragedia parecida ocurre en Judea: uno de los mejores hebreos de la época, viene hablando de que su padre es el mismo Jahvé, y en poco tiempo pasa de ser considerado un gran tipo a ser enviado a la cruz, ambas cosas por aclamación popular, aunque las autoridades romanas no encontraran razón para matarlo. Para colmo, el pueblo elige indultar al ladrón convicto Barrabás, antes que al sedicente hijo de dios (dios o loco, un buen hombre en todo caso). Cuando lo iban a apresar, incluso sus seguidores más cercanos reniegan de él por miedo a ser relacionados y correr su misma suerte.
"Unos tres siglos más tarde, ya todo el mundo grecolatino y todo el oriente medio habían adoptado este hecho trágico como su símbolo central, su nueva religión oficial.
"¿Por qué
éste, de entre todas las historias y leyendas de la época? ¿Qué había pasado?
"En primer lugar, al mundo grecolatino se le habían ido muriendo sus dioses. Lo que de ellos quedaba hacía tiempo que no era más que excusa para el folclore (función importante pero no suficiente). Eso quizá dejaba un hueco en la vida de las personas, un hueco en busca de sustituto.
"En segundo lugar, la democracia había hecho aparición, mostrando tanto sus ventajas (la participación de los individuos en las decisiones de la ciudad) como sus inconvenientes (la responsabilidad de los individuos en las malas decisiones referentes a los asuntos de la ciudad).
"Tanto la democracia ateniense como la república romana, al final habían sucumbido a la tentación imperial. El autoritarismo resultaba ser más eficaz, mas barato, quizá más cómodo (menos "energético" que diría un físico)... aunque entrase en contradicción con el concepto de ciudadanía y de autonomía del individuo. Entre la ambición (de poder) de uno y la comodidad de los demás (vale, que se ocupe otro), la tentación de sucumbir al autoritarismo es grande. ¿Es, quizá, este eterno debate entre las dos principales formas de organizarnos, el quiz de la cuestión?
"El hecho es que, después de ese deambular de unos siete siglos sin dioses, en el mundo grecolatino termina por cuajar una nueva religión cuyo mito central habla de un hombre bueno al que matan los suyos. Sí, luego resucitó y todo eso, pero lo que preside todos los altares de todas las iglesias, y lo que llevan las monjas al cuello, no es un féretro vacío, sino una cruz."
"Hay una cosa que nunca he entendido: toda la vida nos han dicho que Jesucristo murió para salvarnos, para redimirnos de nuestros pecados. Sí, fue un cabeza de turco, eso es cierto... pero de ahí a salvarnos todos los demás... ¿salvarnos de qué? ¿de qué pecados? ¿de querernos acostar con el vecino? No termino de ver la relación. Tiene que haber algo más profundo, más fuerte. Un mito no dura dos mil años ocupando el centro de una civilización, así porque sí, por un cuento chino que no tiene mucho sentido... Sí, sí, se mantuvo en gran parte por el miedo de la gente, por la Inquisición, el poder de la Iglesia... Pero si la Inquisición se acabó, ¿qué hace el Papado ahí todavía? ¿Por qué el cristianismo goza todavía de una relativa buena salud, en la Europa laica, en estos tiempos? ¿Nos engañan? ¿Quién? ¿Nos engañamos nosotros mismos? ¿Por qué? Tontos no somos, hemos llegado a la luna. Si nos engañamos o nos dejamos engañar, debe ser por algo muy muy gordo, algo que no queremos ver.
De repente me acordé de la cantidad de insultos que estábamos recibiendo en las negociaciones. De cómo nuestros compañeros, funcionarios a los que se ofrecía quedar en excedencia y optar por una categoría laboral en una nueva empresa pública por un poco más de dinero (no mucho, en todo caso todo lo que pudimos sacar), nos insultaban a los sindicalistas como si fuésemos nosotros los culpables de todo lo que había liado el gobierno de Felipe González. Si, ya sé, es lo de siempre: el "malo" está en su papel, pero el "bueno", el que tiene que salvarnos, si lo hace mal o insuficientemente, es mucho más reprobable. Felipe González no se llevó ningún insulto por todo aquello; nosotros sí. Algunos compañeros nos retiraron el saludo y cosas peores.
También me acordé de que, cuando en las asambleas nos preguntaban que por qué no habíamos sacado más dinero, y les contestábamos que no teníamos una varita mágica, es cuando sus ojos más se llenaban de furia. Y de que, cuando ya me cabreaban mucho y les decía "¡pues haberte presentado tú a las elecciones, so listo!", entonces esos ojos llenos de furia se llenaban, además, de vergüenza y apartaban la mirada. Por esa furia y esa vergüenza, antiguos amigos míos no me hablan desde entonces.
Entonces vi claramente la relación entre las dos situaciones: entendí que a Jesucristo no lo mataron por ser diferente o raro o loco, ni para redimir los pecados de nadie... a Jesucristo lo mataron por ser
bueno pero no perfecto. Lo que queda en el mito no es la opresión romana, sino que Jesús fue un poco milagrero pero no todo lo que a aquella gente les hubiese gustado. ¿No eres hijo de dios? ¡Pues haz
este milagro (el que arregle
lo mío, naturalmente)! ¿Ah, que no puedes? ¡Pues vaya hijo de dios de mierda! Ahí nace el odio, el odio al semidiós. No se odia tanto al malo que lo hace, como al semi-bueno que no lo arregla. La furia de los judíos no cargó contra la opresión ni contra la autoridad romana, sino contra alguien a quien se acusa de no ser un dios total. Se carga contra quien tiene algunas pocas armas pero no una varita mágica. (Si algunos supieran la de veces que los sindicalistas tenemos que jugar de farol...). Y todavía se le odia más cuando uno
intuye que, si a uno se le ocurriera presentarse a unas elecciones, automáticamente uno mismo sería blanco de los mismos odios por parte de los demás. Utilizo el verbo
intuir en vez de otros como
caer en la cuenta o
cobrar consciencia, porque pocas veces esta sensación aflora a un nivel más consciente. Ahí se queda, y a partir de ahí esa leve intuición empieza a ser enterrada en excusas: "yo no podría, yo no sabría, para eso hay que valer..."
Ya estaban contestadas mis principales preguntas: ¿Qué representa el mito de Jesús crucificado? Pues representa la tragedia del hombre autónomo, la tragedia de la democracia, el miedo que da la responsabilidad de gestionar los asuntos de la polis. Siempre habrá alguien descontento, por lo tanto los insultos (y quizá cosas peores) están asegurados. Por otra parte, los asuntos públicos son de todos y de cada uno. Que otro gestione mis asuntos se da de patadas con mi autonomía personal... O sea: si gestiona otro, malo; si gestiono yo, peor. Pero si todos somos autónomos e iguales en derechos... ¿quién ha de hacerlo? La democracia encierra una contradicción organizativa difícil de resolver. Una contradicción que es trágica para los miembros de la tribu, ya sean gobernantes o gobernados. ¿Y de qué "tribu" estamos hablando? Pues de todos aquellos pueblos herederos de la filosofía, de la autonomía personal, los que se las han habido desde el principio con la democracia y sus contradicciones. Estos son los herederos de lo grecolatino, los europeos y los americanos más tarde. Lo que llamamos el mundo occidental. Ahora veía claro que no es casualidad que los países de tradición cristiana sean también países por lo general democráticos, que se ha pasado dos mil quinientos años de historia debatiéndose entre la democracia y el autoritarismo (que es la otra cara de la misma moneda).
Para terminar, debo decir que, haciendo un repaso mental de aquellas personas, conocidos míos, que más se quejaban de nuestra gestión negociadora, los que más furia nos dedicaron, los que más nos apartaban la mirada y el saludo... me dio la impresión de que se trataba de gente creyente, incluso practicante. Entonces fue cuando recordé que Wright Mills aconseja en
La imaginación sociológica a los novatos: "no tengáis miedo a vuestras observaciones, ni aunque se trate de casos particulares; si han llamado vuestra atención, por algo será".
De ahí surgió la osadía de lanzar la hipótesis, la pregunta, el germen de toda esta investigación. Pregunta que podría formularse más o menos así:
"¿Habrá correlación estadística? ¿Se cumplirá que los más religiosos (cristianos) son los que prefieren que se ocupe otro para luego insultarle, los que más trágicamente viven la contradicción democrática; mientras que los ateos tenderían a tomar la democracia y sus limitaciones con mayor naturalidad? No lo sé, habrá que hacer números...
"Pero si se cumpliera, si existe esa correlación, eso "probaría" la teoría general de que el mito central, el que elevamos a rango de divinidad oficial, es un escondite, un trauma, un disfraz de algo que nos da miedo y que a la vez nos es indispensable para vivir (incluso, como diría Durkheim, nos
caracteriza) como sociedad. Tenemos un problema muy nuestro que nos aterra y lo "solucionamos" primero disfrazándolo de mito, luego mandándolo al cielo, y después venerando y rezándole a ese lejano difraz. Damos todo ese rodeo para evitar enfrentarnos al problema abiertamente aquí en la tierra. ¡Claro! Los dioses no sólo nos caracterizan, como decía Durkheim.
Los dioses son nuestros problemas disfrazados. Ante los problemas, los ateos actúan; los religiosos, rezan. ¡Si ya lo dijo Marx,
el opio del pueblo! ¡Y por eso los dioses empiezan a morir en cuanto la filosofía agarra el asunto por los cuernos! En el caso de la civilización occidental y el cristianismo, mi hipótesis es que ese problema es la contradicción, la paradoja, la tragedia democrática. Y en otros pueblos con otras religiones, vaya usted a saber... Por ejemplo el islam, ¿qué pasará con el islam? ¿qué simboliza ocultamente, qué contradicción irresoluble, qué tragedia encerrará la media luna para los musulmanes? Uf, no lo sé, no conozco suficientemente esa cultura... Habra que documentarse mucho, y después hacer números también..."
Y es que Wright Mills también dice a los novatos que una intuición imaginativa para formular hipótesis está muy bien, que no hay límite para la osadía... siempre y cuando luego se formalice la investigación, claro está. ¡Ay! ¡Menudo trabajazo me esperaba! ¡Qué agobio! Menos mal que para entonces ya estaba llegando a Murcia y me esperaba el fin de semana. Me propuse divertirme y no pensar más en el tema.
Pero hoy, casi veinte años después de aquel viaje en coche, no he dejado de llevar esto en la cabeza ni un solo día. Parte de todo ese trabajazo ya está hecho pero aún queda mucho. En ello estamos. Hasta que no se acabe, todo son especulaciones. Y aún entonces posiblemente lo seguirán siendo. Acaso nunca dejen de serlo.